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No todos en España celebran el segundo título mundial

Hay catalanes y vascos que se sienten plenamente españoles; otros combinan ambas identidades y otros se consideran exclusivamente catalanes o vascos.

Por Javier Trejo Garay · Hace 1 hora
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Hay catalanes y vascos que se sienten plenamente españoles; otros combinan ambas identidades y otros se consideran exclusivamente catalanes o vascos.
Hay catalanes y vascos que se sienten plenamente españoles; otros combinan ambas identidades y otros se consideran exclusivamente catalanes o vascos.

España volvió a tocar la cima del futbol. La selección conquistó su segunda Copa del Mundo, un acontecimiento que, visto desde fuera, podría imaginarse como motivo suficiente para unir a todo un país. Sin embargo, las celebraciones posteriores han vuelto a demostrar que cuando se habla de España, futbol e identidad nacional no siempre caminan en la misma dirección.

Lo ocurrido en Bilbao resulta particularmente significativo.

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El Athletic quiso reconocer en San Mamés a Unai Simón, Aymeric Laporte y Nico Williams, integrantes del equipo campeón del mundo. Pero mientras buena parte del estadio recibió a sus jugadores con aplausos, desde otro sector aparecieron silbidos, ikurriñas y expresiones reivindicativas.

No era necesariamente un rechazo a los futbolistas. Era algo más profundo: el rechazo de algunos aficionados a que el éxito de esos jugadores fuese convertido en una celebración de España dentro de un espacio profundamente ligado a la identidad vasca.

Y ahora la discusión se trasladó a Cataluña.

El Barcelona tenía previsto reconocer a sus ocho futbolistas campeones del mundo, pero finalmente decidió cancelar el acto. Paralelamente, organizaciones independentistas impulsaron una presencia masiva de esteladas, símbolo inequívocamente asociado a la independencia catalana.

Dos ciudades. Dos clubes históricos. Dos episodios diferentes. Pero detrás aparece una misma pregunta:

¿Hasta qué punto la selección española representa emocionalmente a todos los ciudadanos del Estado español?

Una España con identidades diferentes

Para entenderlo es necesario salir durante unos minutos del futbol.

España es un Estado cuya Constitución reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las “nacionalidades y regiones” que lo integran. Dentro de él conviven identidades españolas, catalanas, vascas, gallegas y otras identidades regionales, además de personas que combinan varias de ellas.

No todos interpretan esa pertenencia de la misma manera.

Hay catalanes y vascos que se sienten plenamente españoles; otros combinan ambas identidades y otros se consideran exclusivamente catalanes o vascos. Precisamente por eso sería incorrecto presentar los episodios de Barcelona o Bilbao como evidencia de que Cataluña o el País Vasco, en conjunto, rechazaron el campeonato español.

Las sociedades catalana y vasca son mucho más plurales que eso.

Pero también sería equivocado ignorar que existe una corriente política y cultural importante que no considera a la selección española como propia.

Y ahí aparece la paradoja.

Cuando el futbolista sí representa a España

Unai Simón, Laporte, Nico Williams, Lamine Yamal, Pedri, Gavi, Dani Olmo y el resto de los internacionales españoles jugaron bajo la misma camiseta. Para ellos, competir con España y ganar el Mundial representa el máximo éxito deportivo internacional.

Sin embargo, algunos de esos futbolistas regresan a clubes ubicados en territorios donde una parte de la población no comparte necesariamente la identidad nacional que representa esa camiseta.

El jugador puede ser héroe con su club y, simultáneamente, representar internacionalmente a una selección que determinados aficionados no sienten como suya.

Ésa es una contradicción difícil de comprender desde muchos otros países.

¿Puede el futbol realmente unirlo todo?

Durante décadas hemos repetido que el deporte une a los pueblos.

Lo hace muchas veces.

Pero también puede convertirse en un extraordinario escaparate de las diferencias que ya existen dentro de una sociedad.

La selección española campeona del mundo no creó las tensiones identitarias de Cataluña o del País Vasco. Tampoco las provocaron Barcelona ni Athletic.

El futbol simplemente las hizo visibles.

Y quizá ésa sea la conclusión más interesante después del segundo campeonato mundial español.

España puede tener una de las mejores selecciones del planeta. Puede llenar las calles de Madrid y de muchas otras ciudades con aficionados celebrando. Puede producir una generación capaz de ganar nuevamente la Copa del Mundo.

Pero ningún trofeo, por importante que sea, puede resolver por sí mismo un debate sobre identidad que lleva generaciones construyéndose.

La Copa pertenece deportivamente a España. La celebración, en cambio, pertenece a cada individuo.

Y los acontecimientos posteriores al Mundial 2026 han vuelto a recordarnos algo que el futbol difícilmente puede modificar:

vivir dentro de España no significa necesariamente sentirse español de la misma manera.

Javier Trejo Garay
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