La mano que moldeó a Federer
viajaba en otro coche. Federer, que no tardó en perder en Toronto y Cincinnati, no disputó el torneo de Washington para viajar a Suiza y acudir al funeral de su amigo, en una iglesia del centro de Basilea. No paró de llorar en toda la ceremonia. Fue un momento de cambio para Federer, que hasta […]
viajaba en otro coche.
Federer, que no tardó en perder en Toronto y Cincinnati, no disputó el torneo de Washington para viajar a Suiza y acudir al funeral de su amigo, en una iglesia del centro de Basilea.
No paró de llorar en toda la ceremonia. Fue un momento de cambio para Federer, que hasta aquel día, con ya 21 años, nunca había perdido a nadie en su vida.
Los que le conocen, según relató Clarey en su libro, entienden que ese fue el momento en el que Federer maduró. Pasó de ser un chico temperamental y con un talento irregular a perfeccionar su juego para honrar la figura de Carter y no quedar como un genio echado a perder.
Apenas unas semanas después de su muerte, Federer se echó el equipo suizo a la espalda y consiguió tres de los puntos para eliminara Marruecos en Casablanca y se clasificara al Grupo Mundial. Le dedicó la victoria a Carter y comenzó un ascenso que le llevó a ganar en julio de 2003 su primer Wimbledon, al que seguirían 19 Grand Slams más.

