Argentina y una remontada hecha de amor propio ante Sudáfrica
Hay partidos de fútbol que vienen con un gesto en el que parece que no pasa nada pero está pasando de todo. Argentina – Sudáfrica, que parecía 2 a 0 para el equipo del continente africano y fue 2 a 2 y con la albiceleste empujando contra el arco rival en los minutos finales, fue […]
Hay partidos de fútbol que vienen con un gesto en el que parece que no pasa nada pero está pasando de todo. Argentina – Sudáfrica, que parecía 2 a 0 para el equipo del continente africano y fue 2 a 2 y con la albiceleste empujando contra el arco rival en los minutos finales, fue uno de esos partidos. El gesto puede pasar desapercibido pero conviene prestarle atención: ahí puede estar la esencia de lo que está ocurriendo en la cancha.
¿Qué quiere decir una jugadora apurándose para meterse en el arco rival en el que su equipo acaba de meter un gol, agarrar la pelota con las dos manos y apurar el trote hasta el epicentro de la cancha para que el rival pueda sacar del medio sin perder ni un segundo de más? Quiere decir: “No sobra ni un minuto, ni un segundo, nada. Y hay que aprovechar el envión que parece estar empujándonos ahora mismo”.
En el minuto 79 del partido por el Grupo G la que apuró el paso hasta la red rival fue Estefanía Banini, considerada la jugadora más virtuosa de las que integran el plantel argentino en la Copa Mundial Femenina de la FIFA. Sin rebajar ni una revolución el pique con el que acompañó la jugada, la mediocampista del Atlético de Madrid envolvió la pelota con las dos manos y la dejó lista para reanudar el encuentro sin que el rival tuviera tiempo para reponerse y, en el caso de su propio equipo, sin que nadie tuviera tiempo para desacelerar esa caballada de fuerza lanzada hacia la gran misión de la Argentina en este certamen: ganar un partido.
Banini fue la encargada de apurar la pelota al círculo central justo después de que Romina Núñez, de cabeza y al palo derecho de la arquera sudafricana, sellara la segunda remontada histórica de la Argentina en la historia de las Copas Mundiales Femeninas. Cualquiera que estuviera mirando el partido por televisión podría coincidir: la euforia de ese gesto matcheaba a la perfección con las voces argentinas que bajaban desde las tribunas del estadio cada vez con más potencia, alimentado ese espíritu de gesta patriótica.
Si el fútbol fuera un videojuego, los goles en los que se empatan los partidos que parecían perdidos serían como ganar una vida extra. Y eso pareció ocurrir en la segunda participación de la Argentina en este campeonato, cuando todo lucía como una derrota menos las intenciones del equipo.
El cabezazo de Núñez fue apenas cinco minutos después de que, con derechazo que hizo una pequeña comba y sorprendió a la arquera y a la hinchada, Sophia Braun empezó a descontar en favor de la Argentina. Un zapatazo que se convirtió en uno de los goles más vistosos de lo que va de este campeonato y también, aunque en ese instante era imposible saberlo, la piedra sobre la que Argentina logró construir un empate cuando todo parecía perdido.
Sabe esta Selección -y, literalmente, varias de sus jugadoras- cómo es recuperarse y, en vez de anotar cero puntos en la tabla de posiciones, anotar uno e irse al vestuario con la sensación de que no quedó nada en el tintero. En 2019, en la Copa que se disputó en Francia, la Argentina torció su destino cuando cambió el 0-3 que padecía ante Escocia por un 3-3 histórico.
Un dato que no sirve para nada más que para asombrarse: en Francia, Argentina hizo el primer gol para descontar en el minuto 74 -fue Milagros Menéndez- y el segundo, en el minuto 79 -fue Florencia Bonsegundo-. El tercer gol, el de poner las cosas iguales entre los dos equipos, fue sellado otra vez por Bonsegundo, que disputó el partido de este jueves frente a Sudáfrica: fue cuando el partido se desvanecía, en el minuto 94 y de penal.
La igualdad ante el equipo dirigido por Desiree Ellis se construyó con dos goles: uno en el minuto 74, otro, en el 79. Algunas veces las casualidades son más hermosas que otras.
¿De qué están hechas estas remontadas en las que Argentina parece decirle al rival y de paso al mundo “ojo que no es tan fácil”? A veces, de un destello especialmente luminoso en el pie de alguna de las jugadoras: en 2019 un derechazo de Bonsegundo que parecía irse alto y se metió en el arco escocés; esta vez, el de Braun, una joyita de los disparos desde fuera del área.
A veces, de saber aprovechar las oportunidades que el partido ofrece, como el penal que Bonsegundo convirtió en gol hace cuatro años. Siempre -este es el ingrediente principal de las remontadas históricas- de una fuerza arrolladora en la que se mezclan el orgullo, las ganas y el coraje. Esa es la potencia que acelera los pasos y las pulsaciones de la jugadora a la que le toque sacar la pelota de la red rival y apurarse para que el juego se reanude lo antes posible.
“Fue emocionante ver a estas jugadoras buscando un resultado”, dijo el DT argentino, Germán Portanova, al hablar con la prensa tras el empate 2-2 ante Sudáfrica. Y dijo también: “Admiro el amor propio de estas jugadoras, esa lucha constante, la predisposición para crecer (…) Les pedí que jueguen con ese amor que las caracteriza”.
De ese amor, que es propio pero que también es por el equipo, por la hinchada que alienta en la cancha y detrás de los televisores y, sobre todo, por la camiseta a la que representan, están fabricadas esas resurrecciones que el fútbol regala y ante la que ningún corazón puede permanecer indiferente. Es que es hermoso confirmar que, donde parecía que no, todavía hay vida.

