Por Javier Trejo Garay
Inglaterra llega como favorita. Negarlo sería absurdo.
Tiene una de las plantillas más poderosas del Mundial, futbolistas de clase mundial en prácticamente todas sus líneas y un plantel que, de acuerdo con estimaciones de mercado, supera los mil millones de euros. Harry Kane, Jude Bellingham, Phil Foden, Bukayo Saka y compañía representan una generación inglesa construida para pelear por el título.
Kane, además, llega con credenciales enormes: ganó la Bota de Oro en Europa con 36 goles y sigue siendo uno de los delanteros más completos del planeta. Inglaterra tiene talento, experiencia, poder físico y jerarquía internacional.
Pero los partidos no los gana el valor de mercado.
México tiene argumentos para competir. Y también para ganar.
El primero es el escenario. El Estadio Ciudad de México no es una cancha cualquiera. La altura, la presión ambiental, la historia del inmueble y el impulso de una afición que convierte cada partido en una prueba emocional para el rival pueden pesar. Inglaterra tendrá enfrente no solo a once futbolistas, sino a un país entero empujando desde la tribuna.
El segundo argumento es el juego colectivo. México no tiene una nómina comparable con la inglesa, pero ha mostrado orden, solidaridad, sacrificio y una idea clara. En torneos cortos, muchas veces eso vale tanto como las individualidades. Defender juntos, correr juntos, atacar juntos y resistir juntos puede equilibrar diferencias que en el papel parecen enormes.
Además, este equipo de Javier Aguirre llega fortalecido. Ganó su grupo, compitió con personalidad y encontró una identidad basada en intensidad, disciplina y momentos de eficacia. No necesita dominar todo el partido; necesita saber sufrir, aprovechar sus oportunidades y llevar a Inglaterra a un terreno incómodo.
Claro que Inglaterra puede ganar. Tiene con qué.
Pero México también.
Porque en una Copa del Mundo la lógica muchas veces se rompe. Porque el Azteca pesa. Porque la afición empuja. Porque el futbol también se juega con emoción, memoria y carácter.
Y porque a veces, cuando todo parece indicar que no…
¿Y si sí?









