Por; Javier Trejo Garay
Hay noticias que parecen pequeñas, pero que en realidad representan un cambio histórico. Esta semana el Comité Olímpico Internacional anunció que, a partir de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026, todos los atletas participantes recibirán un apoyo económico de 10 mil dólares.
El COI insiste en que no se trata de un premio, sino de una ayuda. La diferencia semántica importa poco. Lo verdaderamente relevante es que el movimiento olímpico acaba de reconocer algo que durante décadas se negó a aceptar: que los atletas también merecen participar de la riqueza que generan los Juegos Olímpicos.
Y aquí es donde aparece una de las mayores ironías de la historia del deporte.
Durante más de un siglo, el olimpismo defendió el amateurismo casi como una religión. El mejor ejemplo fue Jim Thorpe, uno de los atletas más extraordinarios que ha visto el mundo. En 1912 ganó dos medallas de oro olímpicas y poco después le fueron retiradas porque había recibido una pequeña cantidad de dinero jugando béisbol en ligas menores.Sí, el mismo Comité Olímpico Internacional que hoy entregará dinero a todos los participantes castigó hace más de cien años a un atleta por haber cobrado unos cuantos dólares.
Thorpe perdió sus medallas. Décadas después, el propio movimiento olímpico reconoció el error y las devolvió a su familia. Pero el daño ya estaba hecho. Aquella sanción quedó como símbolo de una época en la que el olimpismo exigía pureza amateur mientras muchos deportistas sobrevivían con enormes sacrificios económicos.
Hoy el escenario es completamente distinto.
Los Juegos Olímpicos generan miles de millones de dólares en derechos de televisión, patrocinios, licencias y acuerdos comerciales. Los atletas son el espectáculo, son la razón por la que millones de personas se sientan frente a una pantalla, llenan estadios o consumen productos asociados al olimpismo. Por eso resulta difícil argumentar que un apoyo de 10 mil dólares pone en riesgo la esencia de los Juegos. Al contrario. Quizá llega tarde.
Porque detrás de cada atleta olímpico hay años de entrenamientos, viajes, lesiones, sacrificios familiares y, en muchos casos, problemas económicos. Para algunos competidores de países con escaso apoyo gubernamental, esos 10 mil dólares pueden representar más dinero del que reciben en varios años de preparación.
No estamos hablando de convertir a los Juegos Olímpicos en una liga profesional. Estamos hablando de reconocer que los protagonistas del espectáculo merecen participar, aunque sea modestamente, de los beneficios que ayudan a generar.
Tal vez la noticia no sea que el COI comenzará a pagar a los atletas.
Tal vez la verdadera noticia es que, después de más de un siglo, el olimpismo finalmente está dejando atrás una de sus mayores contradicciones.
Porque si algo demuestra esta decisión es que el deporte cambió hace mucho tiempo.
Y ahora, por fin, el Comité Olímpico Internacional parece dispuesto a admitirlo.







