Redacción Deportes, 10 sep (AJGD).- La Selección Mexicana volvió a demostrar que, en su zona, es amo y señor. En la Nations League y en la Copa Oro, el equipo de Javier Aguirre se paseó con la autoridad del único grande en un vecindario chico. Canadá, Panamá y Estados Unidos fueron reducidos sin demasiado drama. El problema viene cuando el Tri sale de su hábitat natural y se mide con rivales de jerarquía distinta. Ahí, el espejismo se rompe.
Contra Japón, la fortuna lo salvó con un empate a cero. Frente a Corea del Sur, cuando los asiáticos apretaron el acelerador, se pusieron arriba 2-1 y sólo un zurdazo agónico de Santiago Giménez rescató la paridad en el minuto 94. Esa es la realidad: México puede ser león en Concacaf, pero fuera de ella, la fiera parece un gato que araña con desesperación.
Aguirre ha devuelto orden, ha recuperado cierta autoridad y, en términos prácticos, el Tri clasifica sin problemas rumbo al 2026. Pero el nivel mostrado frente a selecciones que no pertenecen al “páramo conkakafkiano” vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿ya alcanzó esta generación de futbolistas su límite?
Los amistosos recientes de la selección lo confirman: Suiza le metió cuatro, Turquía fue una victoria raquítica de 1-0, Japón y Corea los exhibieron en lapsos del partido. Y en el horizonte asoman los sudamericanos: Colombia, Ecuador, Paraguay, Uruguay… rivales que medirán la talla real del Tri antes de su Mundial en casa.
Aguirre el “Rey Léon”.
El dilema es claro: México domina un entorno cómodo, pero cuando el rival exige más, aparecen las fallas: errores defensivos, desconexiones en medio campo, poca claridad ofensiva. Y aunque los goles de Raúl Jiménez y Santiago Giménez contra Corea dejan una ilusión de que algo más se puede construir, lo cierto es que el techo luce demasiado bajo.
Cada hombre, cada equipo, llega hasta su propio nivel de incompetencia. México parece instalado ahí. Y la gran incógnita es si Javier Aguirre también llegó al suyo. Porque si el técnico y los jugadores tocaron ese límite al mismo tiempo, el panorama se vuelve más oscuro de lo que refleja un empate heroico en el descuento.
El discurso mediático tampoco ayuda. Exentrenadores y opinadores aparecen como salvadores con diagnósticos fáciles desde la comodidad de la televisión. Pero la pregunta es inevitable: ¿ellos, en su momento, lograron superar ese techo?
Hoy, la Selección Mexicana vive en esa contradicción: poderoso en su región, vulnerable cuando el nivel sube. León entre hienas en casa, pero cachorro cuando lo sacan de su territorio. Y si no encuentra cómo romper ese límite, el 2026 podría ser otra cita con su eterna condena: vivir y morir en su propio nivel de incompetencia.
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