Redacción
México.- Silvia Pinal, una de las grandes actrices y considerada la última diva de la época dorada del cine mexicano, falleció este jueves a los 93 años tras una semana hospitalizada por complicaciones médicas.
Pinal poseyó también un importante arraigo en la cinematografía internacional, gracias a su participación como protagonista en la obra maestra de Luis Buñuel, Viridiana (1961), y a sus deliciosas interpretaciones en películas españolas como Adiós, Mimí Pompón (1960), de Luis Marquina, y Maribel y la extraña familia (1960), de José María Forqué.
La actriz había llegado a España de la mano de Tulio Demicheli, realizador argentino que la había consagrado en México con varios melodramas eróticos.
Silvia Pinal se inició como actriz teatral sobre el escenario del Ideal capitolino a una edad muy temprana, gracias a su relación sentimental (que pronto se formalizaría en matrimonio) con el actor y director Rafael Banquells. Tal circunstancia le proporcionó un sólido aprendizaje del oficio y una inmediata popularidad, al menos en la capital mexicana.
Su debut cinematográfico tuvo lugar en 1948 (es decir, cuando sólo contaba diecisiete años), en la película Bamba, de Miguel Contreras Torres: allí se hicieron ya patentes las rasgos que harían de ella una actriz singular en el panorama artístico mexicano. Con su voz ronca y sensual y un atractivo físico de enorme agresividad, encarnó a una joven veracruzana, embarazada por el arrebato erótico del villano Tito Junco. En el material publicitario de este melodrama folclórico se decía: “El excesivo calor de estas regiones permite a las mujeres ir ligeras de ropa y mostrar el encanto de sus formas…”
Casi sin interrupción rodó una película tras otra, casi siempre productos comerciales que arrasaban en las plateas y que, si bien no contribuyeron a engrandecer su gloria artística, sí que fortalecieron en cambio su popularidad. Entre ellas se encuentran El pecado de Laura (1948), de Julián Soler, en la que encarna a una estudiante de piano que triunfa como concertista y cae en los brazos de su verdadero amor en la vida real, Rafael Banquells; Puerta…, joven (1949), de Miguel M. Delgado, que le permitió formar pareja con la gran estrella nacional Cantinflas; o La mujer que yo perdí (1949), de Roberto Rodríguez, en la que disputó fieramente los favores de otro ídolo popular mexicano, Pedro Infante, contra cualquier hembra que se cruzase en su camino.
Formó pareja con el cómico Germán Valdés, Tin Tan, en dos películas producidas el mismo año (1950) y por el mismo director, Gilberto Martínez Solares: El rey del barrio y La marca del zorrillo, que contribuyeron a popularizar definitivamente la imagen de Silvia Pinal en todo el país. A partir de entonces su categoría se elevó al nivel de las estrellas indiscutibles del período (Pedro Infante, Marga López o Silvia Derbez), con los que compitió en ocasiones en el mismo reparto. Tal es el caso de Infante, con el que volvió a coincidir a lo largo de 1952 en tres títulos: Sí… mi vida, de Fernando Méndez; Por ellas, aunque mal paguen, de Juan Bustillo Oro; y Un rincón cerca del cielo, de Rogelio A. González, que le deparó la oportunidad de porfiar con Marga López por el galán cantante. La última película que los emparejó fue El inocente (1955), también de Rogelio A. González, quien tuvo el acierto de dar el papel de madre de Silvia Pinal a otra institución del cine mexicano, Sara García.
Por aquel entonces apareció en su vida profesional Tulio Demicheli, un realizador argentino exiliado en México desde 1953 que contribuyó de forma decisiva a modelar la imagen de Silvia Pinal como encarnación de la mujer fatal, perdición de los hombres y señuelo de sus fantasías sexuales más comunes y, a veces, sorprendentemente imaginativas. La simple mención de títulos de las diversas películas de Demicheli revela con extraordinaria plasticidad sus significados e intenciones: Préstame tu cuerpo, Una golfa y Desnúdate, Lucrecia, las tres producidas en 1957.
JJ









